“Los 25 del 350″: la hermandad que nació con una detención en El Helicoide

080717 María Fetnanda García FOTO Valeria Pedicini

10/07/2017

El jueves 29 de junio, 25 personas fueron detenidas por la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en El Rosal. María Fernanda García, estudiante de noveno semestre de ingeniería química de la Universidad Simón Bolívar (USB) fue una de ellas. Después de cuatro días de reclusión en El Helicoide, fue dejada en libertad por el Tribunal 43 del Área Metropolitana. Visto los resultados, ¿valió la pena pasar por tal experiencia? La joven de 22 años de edad no tiene dudas y así lo cuenta.

Para María Fernanda García, la mañana del 29 de junio no se parecía a ninguna otra. Sintió la diferencia con el resto de las jornadas de protestas. 100 días en las calles, como la encargada de la comisión de primeros auxilios de la Federación de Centros de Estudiantes de la USB, se lo advertían.

Algunas cosas no iban de acuerdo al plan: recuerda que había poca gente. De las 80 personas que normalmente marchan con ella, solo la mitad asistió a la convocatoria de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Así que ese día tuvo que asumir una responsabilidad mayor en la logística del cuadrante de su casa de estudios. Después de una reunión en la sede de Sartenejas, llegaron tarde al punto de concentración del movimiento estudiantil en la plaza Altamira, luego de que los cuerpos de seguridad del Estado reprimieran a los manifestantes que se reunieron para la movilización con destino al Consejo Nacional Electoral (CNE). Además, esa mañana llovía en Caracas.

Se preguntó si el punto de concentración en Altamira ya no era seguro para ella y su equipo. Sin embargo, ahí se quedaron. “Estábamos ahí como siempre para marchar, no para rendirnos”, dijo García. Cuando los opositores de Parque Cristal comenzaron a caminar por la avenida Francisco de Miranda, se unieron al recorrido.

La marcha tomó rumbo hacia la autopista Francisco Fajardo. No habían alcanzado la entrada cuando la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) los obligó retroceder hasta El Rosal con sus excesos. “Había poca gente y en vez de tener la organización de siempre, todo era un caos. Por primera vez me sentía como que no sabía qué hacer”, expresó María Fernanda. Volverse a concentrar en la avenida Francisco de Miranda fue la decisión unánime.

Vio muchísima gente corriendo y al menos 100 motos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) persiguiendo a los manifestantes. A su equipo lo interceptaron. “Cuando nosotros empezamos a subir, ellos ya estaban ahí. No había para dónde agarrar”, afirmó la universitaria.

Todos al 350

 

María Fernanda barajó sus posibilidades. Como no corre muy rápido, abortó la opción de huir de una moto. “La USB tiene la creencia que debemos estar juntos hasta el final. Así que pensé ‘yo me quedo con mi gente’”, reflexionó en ese instante.

“A alguien, no sé a quién, se le ocurrió meterse en un banco, en el BOD. Y en el momento de la desesperación, no teníamos muy claro que nos estábamos metiendo en un cajero y que no teníamos para dónde correr”.

Un miembro del equipo dijo a los demás que se quitaran lo que llevaban encima y ella obedeció. Se desprendió del casco, su máscara y los lentes que le servían para protegerse de los gases. No llevaba consigo más nada, a excepción de su bolso, un radio y su franela amarilla de la USB. Todos levantaron las manos.

“Yo no me lo podía creer. Pensaba que nos iban a hacer pasar un mal rato, pero en mi mente nunca estuvo la idea que nos iban a detener. ¿30 estudiantes? No tenía sentido que nos detuvieran, además de que no cargábamos ni una piedrita en el bolsillo”, consideró la joven.

290617 Marcha Foto Gustavo Vera

La realidad fue otra: los efectivos los fueron a buscar hasta la agencia del banco, ubicada en El Rosal, en el municipio Chacao, en el este de la ciudad. Arrestaron a 17 estudiantes de la USB, además de otros universitarios de la Universidad Católica Andrés Bello, la Central de Venezuela y la de Oriente. También personas que se encontraban en el lugar sacando dinero del cajero y a un niño de la calle. En total, la PNB detuvo a 25 personas.

La policía lanzó gran cantidad de bombas lacrimógenas contra ellos. Al haberse despojado de la protección, el efecto fue inmediato. “Nunca me había ahogado así”, aseguró García. Además les ordenaron que se arrodillaran y se amarraran las manos con las trenzas de sus propios zapatos. Los funcionarios mantenían una actitud amedrentadora mientras revisaban sus bolsos.

-¿Qué haces tú con ese radio? ¿Qué estabas planeando?
-Yo estaba cuadrando la logística de seguridad para mis compañeros en la marcha.
-No puedes tener ese radio, es ilegal. Te vamos a meter presa.

María Fernanda recuerda que trató de mantener la calma, a pesar de la circunstancia.“A mí no me van a hacer llorar, a mí no me van a asustar. Y creo que en verdad eso les daba más rabia. Imagino que su trabajo en ese momento es hacernos sentir mal”. Consideró que los cuerpos policiales no estaban “nada organizados de qué iban a hacer con nosotros”.

Calcula que estuvieron en el banco alrededor de 30 minutos, pero se le hace difícil recordar el tiempo con precisión. La PNB les ordenó a todos los detenidos montarse en el camión cava, tipo 350. Ya dentro del vehículo pudo soltar sus manos y avisar por teléfono -que tuvo la suerte que no le quitaran- a su compañera de la sala situacional de la USB que los habían detenidos.

290617 Marcha Foto Gustavo Vera

Contrario a lo que muchos usuarios de las redes sociales publicaron, los efectivos no lanzaron una bomba lacrimógena dentro del camión donde se encontraban los jóvenes, pero se filtró el humo hasta donde estaban porque “ya había miles de bombas en el ambiente para que varios estuviesen afectados”. Incluso, uno de sus compañeros pidió que no cerraran las puertas y los policías dejaron un pequeño espacio para que pudieran respirar.

Cuatro días

 

“Estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Yo estoy haciendo mi trabajo”, cuenta María Fernanda que le dijo uno de los funcionarios que custodiaban a los apresados hasta la sede del Servicio Bolivariana de Inteligencia Nacional (Sebin), en Roca Tarpeya, luego de que los movieran a un carro común para trasladar detenidos.

La mayoría del tiempo que estuvieron en El Helicoide lo pasaron en un auditorio. Les permitieron comer e ir al baño regularmente. Incluso, en algunos casos, reunir las sillas del lugar para dormir con más comodidad. Recuerda haber dicho sus datos al menos un centenar de veces. Se encargó de avisarle a su papá que estaba bien y que no le dijera nada al resto de su familia. “La gente se imagina cualquier cosa y yo no quería preocupar a nadie porque pensé que iba a ser un ratico”.

El rato se convirtió en casi cuatro días. Horas que pasaron calmándose los unos a los otros, hablando y tratando de distraerse. También optaron por hacer los típicos juegos que se hacen en las reuniones de las casas para que los segundos pasaran más rápido. “Estábamos juntos, estábamos bien, no nos han hecho nada”, pensaba constantemente María Fernanda.

Los jóvenes entraron y salieron de El Helicoide varias veces. Los llevaron a la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) para hacer los registros correspondientes y hasta El Llanito para pruebas toxicológicas. “La gente en la calle que nos veía en el camión que se daba cuenta que éramos nosotros, nos tocaban cornetas y nos decían ‘fuerza, muchachos’. Eso nos daba esperanza”, garantiza la usebista. Sostiene que también pudieron ver a sus familiares y amigos que estaban en las inmediaciones del lugar, quienes pudieron constatar que estaban en buenas condiciones.

El sábado, el día de la audiencia, María Fernanda recuerda que todos se levantaron muy esperanzados. “Hoy es el día, hoy es el día”, se repetía a sí misma. La esperanza duró poco tiempo.

 

Cuando les indicaron que serían traslados a los tribunales, la incertidumbre de a qué se iban a enfrentar los invadió. La situación no mejoró cuando los encerraron en unos calabozos. El lugar se pareció a una de las escenas que había visto en las películas: un espacio pequeño, con la mugre adherida a cada centímetro y un olor a orina que invadía el ambiente. La frase “Dios, sálvame de esta” estaba escrita en una de las paredes, como un reflejo de sus propios pensamientos.

Las seis jóvenes detenidas tuvieron que compartir prisión con otras mujeres. En total, eran 16. Mientras tanto, los 19 hombres ocuparon una celda para ellos. El tiempo servía para hablar: conoció la historia de una señora que fue detenida durante un “trancón” mientras compraba cigarrillos. Otra mujer aseguró que la GNB la había robado y la arrestaron cuando fue a poner la denuncia. Y una tercera contó que un efectivo pidió su cédula de identidad y tras indicarle que estaba solicitada, se la llevó.

“Qué impotencia que los calabozos de ese sitio estén llenos de gente que protesta por pensar distinto y afuera sobran los malandros. Me impresionaba porque lo que menos se veían eran malandros, puros presos políticos”, expresó evidentemente contrariada.

 

Tras horas de incertidumbre y desesperación, la secretaria del juez les explicó que la audiencia había sido diferida por un día más. “Fue un golpe muy duro. Estaba asustada porque no sabíamos dónde íbamos a pasar la noche. Eso nos derrumbó”.

La PNB los sacó del calabozo y los montaron en un camión cava pequeño, de casi 3×3 de espacio, con destino a La Yaguara, puesto policial de los efectivos. Los jóvenes pasaron casi tres horas dentro del depósito del vehículo, sin saber qué pasaría con ellos. Muchos se turnaban para ocupar los pocos asientos que había y en algún momento, rezaron un rosario. Una de sus compañeras, una maracucha que solo se encontraba retirando dinero del cajero ese jueves que los arrestaron, tuvo un ataque de pánico. Luego de eso, los sacaron y los dejaron sentarse en el piso, donde pasaron parte de la noche del sábado y el domingo.

“Cuando nos regresaron a los calabozos nos pusimos a pensar qué pasaba si nos detenían después de la audiencia. Teníamos miedo infinito de que nos privaran de libertad, que nos llevaran a la cárcel. El escenario no pintaba bonito”, rememora. Sin embargo, trataban de tener la mejor actitud posible.

080717 María Fernanda García FOTO Valeria Pedicini

Un baño caliente y una birra fría

 

El domingo 2 de julio fue la audiencia en el Palacio de Justicia. Cada detenido contaba al menos con tres abogados de la organización Foro Penal Venezolano y algunos hasta tenían juristas privados. La defensa, cuenta María Fernanda, fue impecable. “Yo estaba que lloraba de todas las palabras bonitas que decían de nosotros”.

Ella pensaba que la declaración de la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, quien indicó que no imputaba ningún delito contra los arrestados y exigía libertad plena, era suficiente. Los abogados los prepararon para lo peor: podían presentar privativas de libertad o fiadores.

El receso del juez, que sería de media hora, duró tres. Durante buen rato, la desesperación se apoderó del grupo. Las notas del himno nacional se escucharon desde afuera, donde cientos de familiares y amigos esperaban verlos libres otra vez. “Eso fue lo más grande de la vida, escuchar la voz de toda nuestra gente. Ahí pensé: yo puedo con todo porque esta gente está aquí por mí”, dijo.

“Somos ingenieros, nosotros no entendíamos nada”, afirmó María Fernanda al recordar el discurso del juez quien explicó todas las causales sobre las que él podría privarlos de libertad. “Cada vez que decía algo, pensaba ‘nos jodimos’”, confiesa la joven.

Los detenidos estaban sentados en filas de cinco en cinco, agarrados de las manos unos de otros. García recuerda que fue un discurso muy bonito, pero no precisa las palabras exactas del juez. “Después de tanta agonía, de media hora hablando de términos legales que no sabíamos qué significaban, termina diciendo ‘libertad plena’”.

 

Los jóvenes no cabían en sí de la felicidad. Lloraron y se abrazaron en celebración de una decisión donde las posibilidades parecían mínimas. Según cifras del último reporte de Foro Penal, 3589 personas han sido detenidas desde el 1 de abril hasta el 4 de julio y más de 1200 siguen tras las rejas. María Fernanda sintió, por primera vez en mucho tiempo, que se había hecho justicia. “Yo estaba esperando fiadores, estaba mentalizándome eso. Esto es lo mejor que pudo haber pasado, nulidad del caso, no va a quedar en expediente”.

La estudiante de ingeniería química, que no se había permitido llorar para darle fuerzas a su equipo, no pudo contener las lágrimas cuando salió y vio el río de gente que estaba esperando por los 25 detenidos de El Rosal. El llanto fluyó “infinito” cuando abrazó a su papá, lo más grande de su vida.

¿Qué hizo al llegar a su casa? Suspira y sonríe. “Me bañé una hora. Le dije a mis amigos que me estaban esperando que me iba a bañar bien para lavarme el mal rato”, dice y en su voz no se nota remordimiento alguno. Explicó que junto a sus compañeros siempre bromeaba con lo mal que olían, tras pasar alrededor de 96 horas sin poder asearse ni cepillarse los dientes. “Lo que más queríamos era bañarnos, cepillarnos y tomarnos una birra bien fría y eso fue lo que hice”.

100 días no son suficientes

 

Piensa que siempre le quedará la huella de que estuvo injustamente detenida. Y aunque no tiene totalmente definido cuándo va a salir de nuevo a las calles, sí pretende hacerlo. “No quiero hacer pasar a mi papá por eso una vez más y a toda la gente que estuvo luchando por mí afuera”.

Su mayor consuelo siempre fue estar con su equipo de la USB. Y aunque no a todos los conocía con anterioridad, después de una experiencia así, crear vínculos fue inevitable. “Algunas eran mis amigos y otros no, pero nos volvimos una familia. Nos apoyábamos unos a los otros. Si uno se derrumbaba, los demás nos ayudábamos. No me quejo de los compañeros que me tocaron y gracias a ellos es que pudimos estar moralmente bien”, menciona con alegría.

Mantienen el contacto por medio de un grupo de Whatsapp llamado “Los 25 del 350“, que hace alusión al camión donde los detuvieron que se hizo conocido a través de las redes sociales. La cifra también hace doble sentido con el artículo de la Constitución que llama a la “rebeldía” de los ciudadanos, explicó García.

080717 María Fetnanda García FOTO Valeria Pedicini

Sin embargo, para María Fernanda todavía hay mucho por hacer: seguir ayudando a su grupo de primeros auxilios de la Simón Bolívar, activarse en las movidas contra la Asamblea Nacional Constituyente propuesta por Nicolás Maduro para el próximo 31 de julio, así como el plebiscito planteado por la Unidad para el próximo domingo 16.

“Uno nunca piensa que lo van a matar o detener, cuando chocas de frente con esa realidad, ves que sí es posible. Hay que cuidarnos, servimos más libres y vivos. Yo pienso seguir luchando desde donde se pueda”, aclara con convicción. “El miedo está siempre, pero no significa que voy a dejar que me detenga”.

Confiesa haberse dado a la tarea de memorizar todos los apellidos de los policías que estuvieron con ellos durante la detención. “Los tengo entre ceja y ceja y los voy a buscar siempre. Así sea para tratar de cuidarme de ellos o conversar nuevamente con algunos”, afirmó la universitaria.

 

Los cuatro días detenida no borraron el optimismo de María Fernanda. Ella tiene esperanzas, muchísimas, de que la lucha en las calles ha valido la pena. “Yo prefiero creer que sí. Hay un cambio en la mente de cada quien, no se están conformando con menos, aspiramos a algo mejor. Y estamos luchando por algo mejor”.

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