Las aulas se vacían

La permanencia de los estudiantes en las universidades está amenazada ante las dificultades de manutención, alimentación, transporte, residencias e inseguridad. A diario los estudiantes se despiden de sus casas de estudios sin culminar la carrera, aproximadamente 10 por escuela en la UCV. Mientras que desde 2012 en la ULA cerca de 35.000 estudiantes se han ido. Tener que trabajar para ayudar a sus familias e irse del país son las principales razones por las cuales los jóvenes desertan de la universidad.

Juan Antonio González, de 24 años de edad, no se ha retirado oficialmente de la Escuela de Psicología de la UCV, pero dejó de asistir a clases desde junio. «La situación país y la decadencia de la universidad me tienen frustrado. Estoy haciendo lo posible por emigrar y terminar mis estudios en el exterior», dice. Juan se dedicó a trabajar de forma independiente y da clases de inglés en un instituto. También avanza en sus trámites migratorios: «Ya tengo legalizadas y apostilladas notas de bachillerato y de la universidad, los programas y la partida de nacimiento. Por fortuna soy ciudadano español».

En la Universidad Simón Bolívar, Andrés Hernández ­nombre modificado a petición de la fuente­ está diagnosticado con depresión ansiosa.

«Desde hace tres años mi mamá se enfermó y no pudo seguir con el trabajo. Ahora está jubilada del Ministerio de Educación y perdió el beneficio de los cestatickets. Yo he tenido que trabajar. Nos hemos empobrecido muchísimo. Contamos la comida. Se me hace difícil llevar los estudios. En tres años, prácticamente he avanzado uno. Tengo ganas de retirar el trimestre y dedicarme a trabajar o irme del país», comenta visiblemente afectado.

Andrés perdió 10 kilos. «Dependo del comedor de la universidad. Cuando no hay almuerzo, me aguanto sin comida hasta la tarde», asegura.

Los universitarios comenzaron a engrosar las filas de los desertores. A diario aproximadamente 10 estudiantes por cada escuela de la Universidad Central de Venezuela acuden a la oficina de la Organización de Bienestar Estudiantil para formalizar su retiro de la universidad. En la USB, la Dirección de Admisión y Control de Estudios detectó que cada trimestre el número de inscritos disminuye. Para la primera semana de septiembre entre las sedes de Sartenejas y Litoral, había inscritos 6.571 estudiantes, cuando lo habitual es registrar esa cantidad solo en la principal. Desde 2012 la Universidad de Los Andes ha perdido a 35.000 estudiantes que se han ido sin graduarse, según cifras de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de esa institución. Es una desbandada.

La deserción también se deja ver en las aulas. Este semestre, la socióloga y coordinadora de Secretaría de la UCV, María Angelina Rodríguez, tiene 55 estudiantes inscritos en la cátedra que imparte en la Escuela de Trabajo Social, pero solo ha evaluado a 28. En Archivología y Bibliotecología, un profesor de estadística general, asignatura obligatoria, en una sección de 25 alumnos y le quedan 18, cuando el semestre apenas está comenzando.

La situación en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, una de las que tiene la matrícula más grande y forma a la mayoría de los educadores del país, es preocupante. María Teresa Centeno, vicerrectora de Extensión de la institución señala que la deserción es de 30% en las menciones de Matemática, Física y Química. «Sabemos que los estudiantes reducen su carga académica al mínimo por razones de trabajo. Se incorporal al mercado labora del comercio. Esperábamos para este año tener una matrícula de 20.000 cupos. A la fecha tenemos inscritos 14.000. Lo que nos preocupa más es la sede de Maturín. Allí había 8.000 cupos disponibles y apenas 800 estudiantes solicitaron inscripción».

Marginalización universitaria.
La precariedad envuelve a la academia. La cobija de la universidad cada vez se hace más pequeña. Los estudiantes sobreviven con becas de 8.000 bolívares que no reciben de forma regular.

El costo de una residencia sobrepasa los 15.000 bolívares cuando es compartida. El gobierno destina un poco más de 700 bolívares por cada almuerzo estudiantil, pero es un servicio que no está garantizado. Este año el de la UCV el comedor estuvo paralizado desde marzo hasta las primeras semanas de septiembre. En la USB dependen de si llega o no la carne. En esta casa de estudio actualmente las rutas interurbanas de transporte permanecen inactivas desde mediados de agosto dado la deuda que mantienen con los concesionarios, lo que aleja a los estudiantes aún más de las aulas. Pero además, desde el 1° de octubre la institución ­de las que mejor conectividad a Internet tiene­ ofrece un tercio de su capacidad habitual porque la empresa proveedora ajustó sus tarifas a la tasa Dicom. La facturación pasó de 3 millones a 20 millones de bolívares al mes. 

«La universidad que estamos viendo en 2016 no se parece en nada a la que teníamos hace 20 años. Ha desmejorado notablemente. Veo una institución fallida. En los años 80 con la mitad de una beca se pagaba la residencia, ahora los muchachos terminan marginalizándose porque cada vez se van a lugares peores para vivir», asevera el director de Desarrollo Estudiantil de la USB, Omar Pérez. Su homóloga de la UCV, Aurimer Meza, expresa que ante esta situación el estudiante termina desertando. «Si para los que son caraqueños es difícil, ¡cómo hace una persona que viene del interior! Hemos llegado a tener jóvenes durmiendo en espacios de la universidad porque los botan de la residencia. ¡Son chicos que tienes en situación de calle!». 

La mayor cantidad de solicitudes de ayudas económicas en la UCV son para manutención, alimentación y transporte. De febrero a julio se otorgaron 200, con una inversión total de 4.500.000 bolívares. En la ULA 90% de las asignaciones, está destinada para el pago de residencias: «El principal motivo de deserción es el económico. Los estudiantes manifiestan el problema habitacional, que los padres no tienen cómo mantenerlos debido a los sueldos bajos y las dificultades para tener empleo. Otros han manifestado irse del país. Dos y tres estudiantes acuden a diario a mi oficina casi a despedirse de la universidad porque ya no pueden continuar. Incluso jóvenes que viven en zonas cercanas a Mérida como Ejido, Tovar», manifiesta Marcos Pino, director de la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la ULA. 

Desde septiembre en los pasillos de la ULA, unos afiches hablan de la preocupación por la diáspora. «Estudiante no te vayas» es el nombre de una campaña que lanzaron en septiembre para intentar detener la fuga. Iniciaron un censo para ofrecer ayudas y evitar la deserción. «Gracias a la campaña tuvimos una bonita experiencia de dos familias que ofrecieron gratis habitaciones a estudiantes que se iban a retirar por no tener donde vivir», cuenta Pino. 

El gobierno asegura que la matrícula universitaria del país tiene 2,6 millones de estudiantes y que es de las más grandes de la región. Sin embargo, las condiciones no están dadas para hacer vida universitaria ante factores que no permiten que cinco años de carrera sean posibles. 

Luis Fuenmayor, ex director de la Opsu y ex rector de la UCV, manifiesta que es necesario que los jóvenes asignados a las universidades «sean compensados con atención social y económica. Si no es así, el fracaso académico está garantizado». «El aumento de la pobreza impide que las personas estudien porque tienen que trabajar», agrega. 

Es el caso de Luna Henríquez de 22 años de edad que se retiró de la Universidad Experimental de las Artes en mayo. «Con el aumento salarial de mayo me cambiaron el horario de medio tiempo a tiempo completo. No pude culminar el quinto semestre en artes plásticas porque tengo que trabajar. En mi casa todos necesitamos producir dinero para tener cubiertas por lo menos las necesidades básicas». Aunque le gustaría retomar la carrera, su situación se agravó cuando en junio la despidieron. Desde entonces no ha conseguido empleo. 

«Me las he ingeniado creando artículos y cosméticos de manera artesanal. Acompaño a mi mamá a hacer colas para comprar más barato los productos. También vendo blusas con una vecina», narra. «Creo que actualmente resulta complicado estudiar. Sobre todo por los gastos diarios en materiales, además el tema alimenticio ocupa casi que 90% de los pensamientos y angustias de uno. ¡Cómo se puede estudiar con hambre! Es muy difícil. Todos los días se basan en conseguir la comida, a uno no le da tiempo ni le alcanza el dinero para los estudios», lamenta. 

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Emergencia de personal docente. «Por el déficit de profesores, el semestre que viene no puedo cursar ninguna materia obligatoria porque se abren en paralelo las del octavo y décimo, así que tendría que esperar el que sigue para ver las del séptimo», asevera Juan Antonio González. 

Esta es la situación si él quisiera continuar sus estudios en la escuela de psicología de la UCV. Andrés Hernández en cambio dice que los profesores en la USB se comprometieron con los estudiantes avanzados a darles clases hasta el final para que no se atrasen. «En Computación la mitad de los docentes se ha ido del país. Los que quedan seguirán pero con los alumnos avanzados. Si se convoca un paro, no darán clases a los nuevos». 

Detrás de los alumnos, se van los profesores. Entre 2015 y 2016 aproximadamente 400 profesores han renunciado en la USB. La semana pasada se fueron 12. En julio, 57. El vicerrector académico, Rafael Escalona, señala que hay departamentos críticos ­Electrónica y Circuitos, Química y Termodinámica, Planificación y Tecnología Industrial­ por lo que la carga académica es elevada para los que quedan. En las cátedras de Idiomas el promedio es de 80 estudiantes por profesor. Ante esta situación, la USB hizo un llamado a los egresados para paliar el déficit que se viene acentuando en los últimos cinco años. La institución también pidió a los profesores jubilados que suban el número de horas de clases. 

El propio secretario de la USB, Cristián Puig, en labores administrativas, se incorporó a las aulas e imparte la asignatura ad honorem. 

USB 1En la UCV, solamente en la Facultad de Humanidades y Educación, entre febrero y junio, se fueron 90. Además de estas renuncias, la coordinadora de Secretaría, María Angelina Rodríguez, indica que desde 2004 la salida de docentes sobrepasa los 1.000 educadores. 

Como consecuencia, menciona que de los 9.000 cupos para estudiantes nuevo ingreso que ofertaron el año pasado, para 2016 se redujo a 7.040. 

Con este panorama, Fuenmayor avecina un colapso educativo universitario a mediano plazo. «Los profesores se van a donde aprecien su labor de investigador y docencia. Donde además sean remunerados adecuadamente. El personal jubilado está soportando las cátedras para que no sean cerradas. Es la situación más dramática de los últimos 60 años que ha vivido el sistema educativo», sentencia. 

Señala que el gobierno no ha prestado la debida atención al desarrollo científico y tecnológico. «Es un elemento fundamental. Si eso no existe, estamos condenados al subdesarrollo. Y si no se forman a estudiantes, si no se hacen investigaciones, nos estamos alejando de la posibilidad de salir en donde nos encontramos». 

Aunque pareciera que el valor de ser universitario en el país se ha perdido, Rodríguez considera que las personas aún apuestan al estudio como opción de movilidad social y ascenso. «Las condiciones del país no son favorables para ello. Pero cuando uno habla con un estudiante, tiene una expectativa importante de lo que significa el estudio y sobre sus posibilidades de desarrollo personal y profesional. Ellos perciben que eso en Venezuela se ha ido cerrando», explica. 

Las instituciones aún no han evaluado a profundidad la deserción estudiantil, lo que sí es evidente es que los bachilleres que fueron asignados por la Oficina de Planificación del Sector Universitario en 2015, en muchos casos sobrepasando la matrícula de las universidades, no están formalizando inscripciones. 

En la ULA, solo 50% se inscribió. En la USB fue 72% y en la UCV, 80%. En que años anteriores se lograba un ingreso de 95%. 

La UCV hará una evaluación de la situación con las facultades según informó Rodríguez. En la USB aguardan por el informe de la Comisión de Planificación y Desarrollo. El próximo 2 y 3 de noviembre los directores de desarrollo estudiantil de las diferentes universidades se unirán en la UCV para discutir esta situación. La academia espera culminar su período de actividades aun en duras condiciones y avanzar en el número profesionales egresados. Y aunque aún la cantidad de graduandos al año se mantiene, Pérez asegura que de continuar la deserción, podrían disminuir considerablemente. 

Emigrar antes de graduarse

En las oficinas de certificación de notas han aumentado las solicitudes de estudiantes activos, aquellos que piden sus papeles para retirarse de la universidad.

En pleno semestre es posible distinguir los desniveles y formas de la grama de la Tierra de Nadie de la UCV. Los cuerpos que allí acostumbran a tenderse y con ellos bolsos, libros o grupos de danza, no están. A unos metros del lugar, en el Departamento de Certificaciones, está atiborrada de gente. El martes de esta semana el reloj de la UCV daba las 9:30 am. «Llegué a las 5:30 am. Me entregaron el último número, el 50», contó Ana. Ella no tiene urgencia por recibir notas, programas y pensum de estudio firmado por la rectora Cecilia García Arocha. En este caso se está preparando «por si acaso sale algo en el exterior». 

Debajo de las escaleras esperan los rezagados sentados en el piso. Después de ser atendidas las 50 personas que de lunes a jueves recibe el departamento, existe la posibilidad de que al menos 5 más puedan pasar. Pero abajo se encuentran cerca de 15. La coordinadora de Secretaría UCV, María Angelina Rodríguez, reconoce un aumento significativo en la demanda de solicitudes desde 2014. Ese mismo año también se elevó en la Universidad Simón Bolívar, según cifras de esa institución. «En la primera semana de septiembre se pidieron 5.000 documentos entre certificados y simples», apunta la Directora de Admisión y Control de Estudios, Lucy Pires. 

«De 200 personas que se atendía semanales, llegó un momento en que diariamente se estaban recibiendo hasta 500», señala Rodríguez. 

Destaca el incremento de peticiones de estudiantes activos: «Piden sus notas para hacer la equivalencia en el exterior. Se está convirtiendo en una demanda habitual. Ya no quieren esperar terminar la carrera aquí». Un estudio realizado por el investigador de la UCV Emilio Osorio, presidente de la Asociación Venezolana de Estudios de la Población, encontró que 90% de los encuestados –348 estudiantes de los últimos semestres o años de 9 facultades de la UCV– tenían intención de marcharse del país. De la muestra, 99% tiene familiares o amigos que salieron de Venezuela hace menos de 5 años. «Gran parte de los encuestados se irían a países limítrofes con Venezuela. Lo que explica que ellos quieran marcharse es del clima emocional, social y político existente en el país: 64% de ellos respondió no sentirse satisfecho con su vida actual. Son jóvenes que señalaron tener un plan de vida y manejan un segundo idioma», concluye Osorio. 

Delincuencia que expulsa. 
La inseguridad también deja desoladas las universidades. 

La psicóloga Adriana Montilla en su mayoría recibe en su consulta en la oficina de apoyo estudiantil de la USB a jóvenes que han sido secuestrados. «Están viviendo el estrés postraumático. Entonces optan por irse del país». 

Los asaltos y robos dentro de los propios campus también obligan a los alumnos a retirarse. En la UCV los pasillos, después del atardecer no son transitados. En agosto, cuando no hay actividades académicas, se contabilizaron 15 robos. El Instituto de Medicina Tropical ha reportado más de 20 robos en el año. 

El turno nocturno de clases -6:00 pm a 10:00 pm- es un tiempo que pasó a manos de la delincuencia. En la UCV y la ULA se han corrido el horario hacia la tarde. Después de las 7:00 pm no queda nadie en las aulas. Esta reducción de los horarios también ha reducido la posibilidad de los alumnos de trabajar y estudiar al mismo tiempo. 

 

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