Entrevista a egresada Odila Rubín

Aunque la vida se ha complicado

“La vinculación con la Universidad Simón Bolívar no se rompe”

 Odila Rubín acaba de celebrar 40 años de graduada como Ingeniero en Computación y no se desprende de su casa de estudios, aun en la distancia y con todas las vicisitudes que la vida presenta. Está siempre en la búsqueda de ideas para mejorarla. Siente orgullo profundo por la formación que recibió,  a la altura de las mejores universidades del mundo.

 

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José Manuel, José María, Leonor Itriago, José Antonio y Odila Rubín, en la celebración de los 40 años de graduados en la USB (agosto 2016)

Los Rubín son una familia de universitarios.  Tres de ellos, son uesebistas y luego de muchos años de graduados siguen añorando su universidad y sin desvincularse de ella. Mantienen contacto con sus compañeros de estudio, según se los ha ido permitiendo la vida. Es tema frecuente entre los hermanos y siempre están en la búsqueda de ideas para mantener ese cordón umbilical y contribuir con el futuro de la casa de estudios.

Odila Rubín, nuestra entrevistada,  cuenta  que son siete hermanos. Su padre era médico. José Antonio Rubín d’Empaire.   Murió hace cuatro años y fue traumatólogo. Se criaron con su papá, por la desdicha de haber perdido a su mamá, en 1971. Para entonces,  Maritza contaba con 20 años, José Antonio 18, Odila 16, Laura, 11,  Alejandro 9, José María 7 y Antonio Justo, solo 6 añitos.

 

El Dr. José Antonio Rubín d’Empaire con sus siete hijos, en la graduación de José María, en la Simón Bolívar.
El Dr. José Antonio Rubín d’Empaire con sus siete hijos, en la graduación de José María, en la Simón Bolívar.

Maritza. Psicopedagoga Avepane. 1981. Licenciada en Educación en la Universidad Nacional Abierta, UNA, 1991.

José Antonio Universidad Simón Bolívar. Ingeniero Mecánico, 1975. Msc. Production Technology and Management  1977 Aston University, Birmingham,  England.

Odila C  Ing. en Computación USB 1976, Msc. Operations Research Stanford University 1981.

Laura Licenciada en Educación en la Universidad Católica Andrés Bello, UCAB. Trabajó toda su vida como educadora tanto en colegios públicos como privados. Ahora, está en Costa Rica.

Alejandro Médico de la Universidad Central de Venezuela, 1986. Postgrado en Oftalmología, UCV, 1993.  Hizo un postgrado en Colombia de Cornea y Vítreo.

José María Ingeniero Mecánico. USB. 1991.  Se casó con Leonor Itriago, quien también egresó de la Simón Bolívar como Ingeniero de Materiales. Ambos tuvieron a José Manuel, un jovencito que está estudiando geofísica en la USB y está echándole pichón a la carrera.

Antonio Justo. Ing. Agrónomo UCV 1990, MBA Eastern Michigan  University 1997.

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Odila culminó sus estudios en 1976 al graduarse de ingeniero de computación en la USB. Fue la primera promoción y confiesa que prácticamente entró en computación por casualidad. “Yo iba a estudiar arquitectura pero luego de entrar a la universidad me enteré que eran seis años de estudio y dije: No voy a estudiar tanto tiempo y me pasé para computación”.

Manifiesta que, afortunadamente, le gustó mucho su carrera. “Gracias al ingeniero Jorge Baralt Torrijos, quien fue el padre de la computación en la USB. Fue nuestro padrino de promoción. Nos bautizó de ingenieros y peleó muchísimo con el Colegio de Ingenieros para que nos diera el título de ingenieros y no de licenciados, como era en la Universidad Central de Venezuela, UCV. Eso nos abrió muchas puertas en múltiples lugares”.

Odila Rubín aclara que en Humanidades los licenciados son muy bien reconocidos pero en el área técnica, los licenciados no son tan bien vistos como los ingenieros. “Hoy en día, -dijo-, no creo que haya esa diferencia tan marcada”.

 

La Universidad Simón Bolívar

La Universidad Simón Bolívar vio graduar a José Antonio, Odila y José María. Los tres son del criterio de que disfrutaron mucho sus años de estudio. “Principalmente, José María, quien tardó 10 años  en graduarse porque era miembro del equipo de basketball”.

Comenta Odila, que José María viajaba mucho y tenía que retirar materias y,  de pronto podía  inscribir una sola en un trimestre. “De todos nosotros, fue quien gozó más nuestra universidad. El resto, estábamos fajados para terminar en 5 años y ahora, lamentamos habernos graduado tan eficientemente porque los mejores años han sido los de la universidad. Fueron muy sabrosos. ”  

 

El Dr. José Antonio Rubín d’Empaire, con las medallas de sus siete hijos en su pecho.
El Dr. José Antonio Rubín d’Empaire, con las medallas de sus siete hijos en su pecho.

Una hermosa familia nucleada alrededor del padre. “Somos tres ingenieros de la Simón, dos educadores (Avepane y UCAB) y dos de la UCV, Antonio Justo y Alejandro, en quien mi papá se vio honrado porque él pudo ponerle su medalla de médico. Nuestro padre fue profesor de Anatomía en la escuela de Odontología en la UCV durante muchos años”.

“Una anécdota de mucha significación fue cuando José María se graduó. Todos los hermanos nos pusimos la toga y el birrete. Además, lucimos nuestras medallas. Ese momento tan emotivo y especial vive presente en todos nosotros”.

De la vida universitaria recuerda que el edificio básico 1 fue el primero que existió. “Había un puentecito que lo comunicaba con el estacionamiento. No teníamos otra opción para ir donde estaban los carros. En dicho puentecito se paraban los muchachos de ingeniería eléctrica o mecánica. Se posaban en fila y por ahí teníamos que pasar las jovencitas, que éramos muchísimas. Estábamos expuestas a que nos expresaran cualquier cosa. No nos perdonaban. No había lo que no nos dijeran. Recordamos esas experiencias juveniles con mucho cariño. A veces decíamos: ‘No vamos a pasar por ahí y teníamos que dar una vuelta grandísima’”.

 

Un vínculo que no se rompe

La vinculación con la Universidad Simón Bolívar no se rompe y se mantiene viva a través de los amigos. Aunque la vida de todos se ha complicado, siempre hay un espacio para compartir. “José María vive en Margarita, pero mantiene un pequeño grupo de amigos y no pierden el contacto. El caso de José Antonio es quizás un poco más complicado, dado que en su promoción solo se graduaron 13, aunque él mantiene contacto con 2 o 3 de ellos. Yo soy la más bonchona. He sido consecuente con mis compañeros y frecuentemente hacemos reuniones en mi casa”.  Lo que no se pierden estos hermanos son los actos de reconocimiento por años de graduados que realiza la USB para reunir a sus egresados.

Uno de los tantos encuentros de celebración de los compañeros de Odila Rubín.
Uno de los tantos encuentros de celebración de los compañeros de Odila Rubín.

Odila Rubín reconoce el buen trabajo que está haciendo la Asociación de Egresados de la Simón Bolívar, AEUSB. “Estuve desde su fundación. No aparecí en el acta constitutiva porque a última hora hubo un problema con mi cédula de identidad. Siempre he estado muy conectada al trabajo que llevan adelante”.

“Considero que la AEUSB está muy activa y enfocada en lo que le corresponde. Iniciativas como “Un café por la USB”, me parece una semillita que puede dar unos frutos muy interesantes. Es una manera de ir agrupando a la gente localmente y moviéndola en todas partes.”.

 

Siempre ha estado muy conectada con la AEUSB y con la Asociación de ex alumnos de la Universidad de Stanford. “Ahora tengo que reactivar mi suscripción a la AEUSB, lo hago todos los años. Pero, en Stanford, tienen una figura muy interesante que probablemente pudiera servirle a la AEUSB. En cualquier momento puedes hacer un aporte de $ 500 y con ello tienes una suscripción para toda la vida.  Ellos los reciben, los ponen a trabajar y eso le rinde frutos a la asociación. Llegué a ser presidente de la Asociación de ex alumnos de  Stanford por dos años”.

 

Recomienda que la AEUSB y un analista financiero consideren la opción de la suscripción para toda la vida. Señala que a Stanford le funciona aunque admite que esa institución tiene 150 años y muchísimos ex alumnos tanto de pregrado como de postgrado. “Estoy segura, -dice-, que muchos estarían dispuestos a realizar el aporte, sobre todo, quienes están fuera del país. Pueden ofrecer su aporte en dólares y que se constituya un fondo”.

 

Recuerda que durante su gestión en Stanford escribieron una comunicación a Condolezza Rice, quien era secretaria de Estado de Estados Unidos diciéndole que antes de empezar la guerra en Irak, viera lo que estaba pasando en Venezuela. Le advertíamos que eso se podría ir de las manos, que este país se les iba a escapar y se convertiría en un problema mundial. Al mes, recibió un sobre de la Casa Blanca, de la propia Condolezza Rice quien les manifestaba: “Estamos atentos, pero sigan haciendo lo que están haciendo ustedes”. “Su mensaje fue: Es a los venezolanos a quienes corresponde resolver su problema”.

 

¿Cómo apoyar a la USB?

Odila es del criterio de promover una iniciativa de contactar a los egresados en el exterior. Idear cursos on line o videos digitalizados sobre temas específicos en su área de experticia. También podríamos generar series de tres o cuatro charlas que pudieran estar a disposición de los muchachos en la Universidad y de la gente, en general. Esos materiales serían propiedad de la Universidad, la cual podría comercializarlos.

“Además, debemos continuar haciendo las colectas específicas como lo está haciendo la AEUSB, para el programa Aquiles Nazoa, reparar canchas u otra infraestructura que lo requiera. Eso cumple dos funciones: generar los recursos e incentivar el cariño y hermandad entre los egresados de la USB”, dice.

 

En estos momentos, Odila vive en Charlotte, Carolina del Norte y cuando regrese, después de esta breve visita a Venezuela, en virtud de que vino para la celebración de los 40 años de graduada y a encontrarse con sus profesores y compañeros de estudio,  promete contactar a AlumnUSB para coordinar “Un Café por la USB”, en esa ciudad.

“Tenemos que movernos donde nos corresponda, pero sin dejar de pensar en retribuir a nuestra casa de estudios, parte de lo que ella nos dio. Todos vivimos apretados, especialmente, quienes estamos en plan de retiro. Es difícil, pero tenemos los contactos y la influencia. Es el momento. Nuestro país nos llama a reinventarnos y buscar la manera de contribuir”.

 

Una huella imborrable

“Mi experiencia en la carrera fue extraordinaria. No dejé de estudiar un solo día. Es inolvidable y de alto valor que como primera promoción, fue un proyecto experimental. Éramos los primeros egresados y la carga académica de los primeros cuatro años fue muy fuerte. Vimos tensores de Newton y hasta física 6, de la que solo ven los físicos. Hoy en día, ya la quitaron”.

Relato que fue tan fuerte, que iniciaron la carrera cerca de 150 personas y al cuarto año, llegaron lisos solo 7 alumnos. Hicieron una reestructuración del pensum de estudios y entonces, los 7 que iban lisos, quedaron sin materias para el quinto año. Solo tenían su proyecto de tesis.

En ese momento consideró oportuno casarse, con la protesta de su padre, cuya mayor preocupación era que el título saldría con el apellido de casada. De su matrimonio tuvo 5 hijos. Uno falleció.

 

Trabajó tres años en la industria petrolera. Luego fue a hacer su postgrado en Stanford. Regresó y se quedó trabajando 7 meses más porque su esposo comenzó a laborar en el interior y se mudaron. Entró al Grupo Sanitarios Maracay, donde duró 15 años, tres en Barquisimeto y el resto en Caracas. Llegó a la posición de gerente de sistemas. Pasó a Laboratorios Pfizer, empresa en la que se desempeñó como gerente regional de sistemas. Luego entró en RCTV.  Allí estuvo 12 años como vicepresidente de sistemas hasta el momento de su cierre.  “Fue mi mejor experiencia”.

 

¿Qué le ha dejado la USB?

Mis más bellos recuerdos y una gran preparación. Particularmente, hice mi postgrado de Investigación de Operaciones en Stanford, ubicada entre las 10 mejores universidades en Estados Unidos.  En ningún momento sentí que tuviera un vacío de preparación o alguna falla que  hiciera que no me sintiera capaz. Tan es así, que mientras hacía mi postgrado, como estaba de permiso no remunerado de Lagoven, decidí tener a mis dos hijos mayores.

Recuerda una anécdota de esa época. “Estaba con una barriga enorme, a punto de dar a luz y había que entregar un trabajo de programación. Me encontraba en el Centro de Programación. En la USB usábamos tarjetas perforadas y en Stanford, ya habíamos avanzado un poquito y podíamos trabajar directamente con la computadora en el centro de computación. El profesor se acercó y me dijo: ‘Por favor, váyase a su casa. No me haga sentir culpable de que la tengo despierta hasta las tres de la mañana’”.

 

Fue un gran orgullo para mí observar que tenía una preparación del nivel de la Universidad de Stanford. Me sentí cómoda para cumplir con todos mis objetivos en esa universidad. Eso se lo debo a la Universidad Simón Bolívar”.

 

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